D. Enrique.—No es decir esto que usted...

D. Gregorio.—Nada. No hay que disputar. Si quiero que usted se desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!

D. Enrique.—¡Pensar que una dama ha de responder con tal aspereza á quien no ha cometido otro delito que adorarla!

D. Gregorio.—Usted lo verá. Ya sale.

ESCENA X.

DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.

D.ª Rosa.—¿Qué es esto?... (Sorprendida al ver á don Enrique). ¿Viene usted á interceder por él, á recomendármele para que sufra sus visitas, para que corresponda agradecida á su insolente amor?

D. Gregorio.—No, hija mía. Te quiero yo mucho para hacer tales recomendaciones; pero este santo varón toma á juguete cuanto yo le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro que tú no le puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma se lo digas, ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere entenderlo.

D.ª Rosa.—Pues ¿no le he manifestado á usted ya cuál es mi deseo, que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo?

D. Enrique.—Bastante ha sido para sorprenderme, señorita, cuanto el vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la dificultad que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe maravillar á nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie delante de mí.