D.ª Rosa.—Cuanto el señor le ha dicho á usted ha sido por instancias mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á usted los íntimos afectos de mi corazón.

D. Gregorio.—¿Lo ve usted?

D.ª Rosa.—Mi elección es tan honrada, tan justa, que no hallo motivo alguno que pueda obligarme á disimularla. De dos personas que miro presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira una repugnancia que no puedo vencer. Pero...

D. Gregorio.—¿Lo ve usted?

D.ª Rosa.—Pero es tiempo ya de que se acaben las inquietudes que padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es el único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de un suplicio más insoportable que la misma muerte.

D. Gregorio.—¿Lo ve usted?... Sí, monita, sí; yo cuidaré de cumplir tus deseos.

D.ª Rosa.—No hay otro medio de que yo viva contenta.

(Manifiesta en la expresión de sus palabras que las dirige á don Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio.)

D. Gregorio.—Dentro de muy poco lo estarás.

D.ª Rosa.—Bien advierto que no pertenece á mi estado el hablar con tanta libertad...