D. Gregorio.—No hay mal en eso.

D.ª Rosa.—Pero en mi situación bien puede disimularse, que use de alguna franqueza con el que ya considero como esposo mío.

D. Gregorio.—Sí, pobrecita mía... Sí, morenilla de mi alma.

D.ª Rosa.—Y que le pida encarecidamente, si no desprecia un amor tan fino, que acelere las diligencias de unión.

D. Gregorio.—Ven aquí, perlita; (Abraza á doña Rosa; ella extiende la mano izquierda, y don Enrique, que está detrás de don Gregorio, se la besa afectuosamente, y se retira al instante) consuelo mío, ven aquí, que yo te prometo no dilatar tu dicha... Vamos, no te me angusties; calla, que... Amigo (Volviéndose muy satisfecho á hablar á don Enrique) ya lo ve usted. Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?

D. Enrique.—Bien está, señora; usted se ha explicado bastante, y yo la juro por quien soy, que dentro de poco se verá libre de un hombre que no ha tenido la fortuna de agradarla.

D.ª Rosa.—No puede usted hacerme favor más grande, porque su vista es intolerable para mí. Tal es el horror, el tedio que me causa, que...

D. Gregorio.—Vaya, vamos, que eso es demasiado.

D.ª Rosa.—¿Le ofendo á usted en decir esto?

D. Gregorio.—No por cierto... ¡Válgame Dios! No es eso, sino que también da lástima verle sopetear de esa manera... Una aversión tan excesiva...