D.ª Rosa.—Por mucha que le manifieste, mayor se la tengo.
D. Enrique.—Usted quedará servida, señora doña Rosa. Dentro de dos ó tres días, á más tardar, desaparecerá de sus ojos de usted una persona que tanto la ofende.
D.ª Rosa.—Vaya usted con Dios, y cumpla su palabra.
D. Gregorio.—Señor vecino, yo lo siento de veras, y no quisiera haberle dado á usted este mal rato; pero...
D. Enrique.—No, no crea usted que yo lleve el menor resentimiento; al contrario, conozco que la señorita procede con mucha prudencia, atendido el mérito de entrambos. Á mí me toca sólo callar, y cumplir cuanto antes me sea posible lo que acabo de prometerla. Señor don Gregorio, me repito á la disposición de usted.
D. Gregorio.—Vaya usted con Dios.
D. Enrique.—Vamos pronto de aquí, Cosme, que reviento de risa.
(Retirándose hacia su casa, entran en ella los dos, y se cierra la puerta.)
ESCENA XI.
DON GREGORIO, DOÑA ROSA.