D. Gregorio.—De veras te digo, que este hombre me da compasión.

D.ª Rosa.—Ande usted, que no merece tanta como usted piensa.

D. Gregorio.—Por lo demás, hija mía, es mucho lo que me lisonjea tu amor, y quiero darle toda la recompensa que merece. Seis ú ocho días son demasiado término para tu impaciencia. Mañana mismo quedaremos casados, y...

D.ª Rosa (turbada).—¿Mañana?

D. Gregorio.—Sin falta ninguna... Ya veo á lo que te obliga el pudor, pobrecilla; y haces como que repugnas lo que estás deseando. ¿Te parece que no lo conozco?

D.ª Rosa.—Pero...

D. Gregorio.—Sí, amiguita, mañana serás mi mujer. Ahora mismo voy antes que oscurezca aquí á casa de don Simplicio el escribano, para que esté avisado y no haya dilación. Adios, hechicera.

(Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa entra en su casa y cierra.)

D.ª Rosa.—¡Infeliz de mí! ¿Qué haré para evitar este golpe?