D.ª Rosa.—Pues como yo la dijese á Leonor que inmediatamente haría saber al dichoso don Enrique, por medio de usted, cuánto me desagradaba su mal término, se desconsoló, lloró, me suplicó que no lo hiciese; pero yo le aseguré que no desistiría de mi propósito. Pensó llevarme á casa de doña Beatriz para estorbármelo; usted no quiso que fuera con ella, y no parece sino que algún ángel le inspiró á usted aquella repugnancia. Lo que ha pasado esta tarde con el tal caballero bien lo sabe usted; pero falta decirle que así que usted me dejó para ir á verse con el escribano, llegó mi hermana, la conté cuánto había ocurrido, y... Vaya, no es posible ponderarle á usted la aflicción que manifestó. Llamó á su criada, la habló en secreto, y quedándose conmigo sola, me dijo en un tono de desesperación que me hizo temblar, que la chica había ido á su casa á decir que esta noche no iría, porque doña Beatriz se había puesto mala, y la había rogado que se quedase con ella. Y que también iba encargada de avisar á don Enrique, en nombre mío, de que á las doce en punto le esperaba yo en el balcón de mi cuarto, que da al jardín. Con este engaño se propone hablarle, y dar á sus celos cuantas satisfacciones quiera pedirla.
D. Gregorio.—¡Picarona! ¡enredadora! ¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú qué le has dicho?
D.ª Rosa.—Amenazarla de que usted y don Manuel sabrán todo lo que pasa, y que yo seré quien se lo diga para que pongan remedio en ello; afearla su deshonesto proceder, instarla á que se fuera de mi casa inmediatamente.
D. Gregorio.—¿Y ella?
D.ª Rosa.—Ella me respondió que si no la sacan arrastrando de los cabellos, que no se irá. Que en hablando con don Enrique, y desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don Manuel, ni á todo el mundo teme.
D. Gregorio.—Mi hermano merece esto y mucho más... Pero ¿cómo he de sufrir yo en mi casa tales picardías? No, señor. Yo le daré á entender á esa desvergonzada, que si ha contado contigo para seguir adelante en su desacuerdo, se ha equivocado mucho; y que yo no soy hombre de los que se dejan llevar al pilón como el otro bárbaro. Yo la diré lo que... Vamos.
(Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le detiene.)
D.ª Rosa.—No, señor, por Dios, no éntre usted. Al fin es mi hermana. Yo entraré sola, y la diré que es preciso que se vaya al instante, ó á su casa ó á lo menos á la de doña Beatriz, si teme que don Manuel extrañe ahora su vuelta.
(Hace que se va hacia su casa, y vuelve.)
D. Gregorio.—Muy bien; aquí espero á que salga.