D.ª Rosa.—Pero no se descubra usted, no la hable, no se acerque, no la siga... Si le viese á usted, sería tanta su confusión y sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere enmendar este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre se va, como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que es lo que importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de molestarla.
D. Gregorio.—¡Marta la piadosa!... ¡Cierto que merece ella toda esa caridad!
D.ª Rosa.—Es mi hermana.
D. Gregorio.—¡Y qué poco se parece á ti la dichosa hermana!... Vamos, entra, y veremos si logras lo que te propones.
D.ª Rosa.—Yo creo que sí.
D. Gregorio.—Mira que si se obstina en que ha de quedarse, subo allá arriba y la saco á patadas.
D.ª Rosa.—No será menester. Voy allá... (Hace que se va, y vuelve.) Pero repito que no se descubra usted, ni la hostigue, ni...
D. Gregorio.—Bien, sí, la dejaré que se vaya adonde quiera.
D.ª Rosa (se encamina hacia su casa, y vuelve.)—¡Ah! Mire usted. Así que ella salga, éntrese usted, y cierre bien su puerta... Yo estoy tan desazonada, que me voy al instante á acostar.
D. Gregorio.—Pero ¿qué sientes?