D.ª Rosa.—¿Qué sé yo? ¿Le parece á usted que estaré poco disgustada con todo lo que ha sucedido?... Nada me duele; pero deseo descansar y dormir... Conque... buenas noches.
D. Gregorio.—Adios, Rosita... Pero mira que si no sale...
D.ª Rosa.—Yo le aseguro á usted que saldrá.
(Éntrase dejando entornada la puerta. Don Gregorio se pasea por el teatro mirando con frecuencia hacia su casa, impaciente del éxito.)
D. Gregorio.—Y á todo esto, ¿en qué se ocupará ahora mi erudito hermano? Estará poniendo escolios á algún tratado de educación... ¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de resultar otra cosa de la independencia y la holgura en que siempre ha vivido?... ¡Mujeres! ¡qué mal os conoce el que no os encierra y os sujeta y os enfrena y os cela y os guarda!... Pero no, señor... Mañana á las diez desposorio, á las once comer, á las doce coche de colleras, y á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo que la bribona de la Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con estos embudos? No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga! Parece que baja ya la niña bien criada.
(Se acerca más á un lado de la puerta de su casa, colocándose hacia el proscenio, y escucha atentamente lo que dice desde adentro doña Rosa, la cual finge que habla con su hermana.)
D.ª Rosa.—No te canses en quererme persuadir. Vete... Antes que todo es mi estimación... Vete, Leonor, ya te lo he dicho... ¿Y qué importa que me oigan? ¿Soy yo la culpada?... Vete. Acabemos, sal presto de aquí.
D. Gregorio.—En efecto, la echa de casa... (Sale doña Rosa de su cuarto con basquiña y mantilla semejantes á las que sacó doña Leonor en el primer acto. Luégo que se aparta un poco, cierra don Gregorio su puerta y guarda la llave.) ¿Y adónde irá la doncellita menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no, cerremos primero.
ESCENA II.
DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO.