D. Gregorio.—Pues bien. Ha cometido el desacierto de abandonar su casa, venirse á la de su amante... Vamos, ya usted conoce lo que puede resultar de aquí.

Comisario.—Sí... En efecto.

D. Gregorio.—Ello hay de por medio no sé qué papel de matrimonio; pero no ignora usted de lo que sirven esos papeles cuando cesa el motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me explico?

Comisario.—Perfectamente... ¿Y ella está adentro?

D. Gregorio.—Ahora mismo acaba de entrar... Conque, señor comisario, se trata de salvar el decoro de una doncella, de impedir que el tal caballero... Ya ve usted.

Comisario.—Sí, sí, es cosa urgente. Vamos... Por fortuna tenemos aquí al señor, que en esta ocasión nos puede ser muy útil... (Alza un poco la voz volviéndose hacia el escribano que está detrás, el cual se acerca á ellos muy oficioso.) Es escribano...

Escribano.—Escribano real.

D. Gregorio.—Ya.

Escribano.—Y antiguo.

D. Gregorio.—Mejor.