D. Gregorio.—¡Ah! ¿No es usted el señor comisario del cuartel?

Comisario.—Servidor de usted.

D. Gregorio.—Pues, señor... Oiga usted aparte... (Se aparta con el comisario á poca distancia de los demás.) Su presencia de usted es absolutamente necesaria para evitar un escándalo que va á suceder... ¿Conoce usted á una señorita que se llama doña Leonor, que vive en aquella casa de enfrente?

Comisario.—Sí, de vista la conozco, y al caballero que la tiene consigo... Y me parece que ha de ser un don Manuel de Velasco.

D. Gregorio.—Hermano mío.

Comisario.—¡Oiga! ¿Es usted su hermano?

D. Gregorio.—Para servir á usted.

Comisario.—Para hacerme favor.

D. Gregorio.—Pues el caso es que esta niña, hija de padres muy honrados y virtuosos, perdida de amores por un mancebito andaluz que vive aquí en este cuarto principal...

Comisario.—¡Calle! Don Enrique de Cárdenas; le conozco mucho.