(Llama el criado á la puerta de don Enrique, se abre, y entran los tres. La escena vuelve á quedar oscura.)

ESCENA IV.

DON GREGORIO, DON MANUEL.

D. Gregorio.—Veamos si está en casa este inalterable filósofo, y le contaremos la amarga historia... (Llama en casa de don Manuel, abren la puerta, se supone que habla con algún criado, queda la puerta entornada, y don Gregorio se pasea esperando á su hermano.) ¿Está? Que baje inmediatamente, que le espero aquí para un asunto de mucha importancia... ¡Bendito Dios! ¡En lo que han parado tantas máximas sublimes, tantas eruditas disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya si... majadero más completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor hermano!

(Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se detiene inmediato á ella.)

D. Manuel.—Pero ¿qué extravagancia es esta? ¿Por qué no subes?

D. Gregorio.—Porque tengo que hablarte, y no me puedo separar de aquí.

D. Manuel (adelantándose hacia donde está don Gregorio.)—Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece?

D. Gregorio.—Vengo á darte muy buenas noticias.

D. Manuel.—¿De qué?