D. Gregorio.—Sí, te vas á regocijar mucho con ellas... Dime: mi señora doña Leonor ¿en dónde está?
D. Manuel.—¿Pues no lo sabes? En casa de su amiga doña Beatriz. Allí quedó esta tarde, yo me vine porque tenía una porción de cartas que escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un instante á otro... Pero ¿á qué viene esa pregunta?
D. Gregorio.—¡Eh! Así, por hablar algo...
D. Manuel.—Pero ¿qué quieres decirme?
D. Gregorio.—Nada... Que tú la has educado filosóficamente, persuadido (y con mucha razón) de que las mujeres necesitan un poco de libertad, que no es conveniente reprenderlas ni oprimirlas, que no son los candados ni los cerrojos los que aseguran su virtud, sino la indulgencia, la blandura y... en fin, prestarse á todo lo que ellas quieren... ¡Ya se ve! Leonor, enseñada por esta cartilla, ha sabido corresponder como era de esperar á las lecciones de su maestro.
D. Manuel.—Te aseguro que no comprendo á qué propósito puede venir nada de cuanto dices.
D. Gregorio.—Anda, necio, que bien merecido está lo que te sucede, y es muy justo que recibas el premio de tu ridícula presunción... Llegó el caso de que se vea prácticamente lo que ha producido en las dos hermanas la educación que las hemos dado. La una huye de los amantes; y la otra, como una mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los persigue.
D. Manuel.—Si no me declaras el misterio, dígote que...
D. Gregorio.—El misterio es que tu pupila no está donde piensas, sino en casa de un caballerito, del cual se ha enamorado rematadamente; y sola y de noche, y burlándose de ti, ha ido á buscar mejor compañía... ¿Lo entiendes ahora?
D. Manuel.—¿Dices que Leonor?...