D. Gregorio.—Sí, señor, la misma...
D. Manuel.—Vaya, déjate de chanzas, y no me...
D. Gregorio.—¡Sí, que el niño es chancero!... ¡Se dará tal estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y vuelvo á repetírselo, que la Leonorcita se ha ido esta noche á casa de su galán, y está con él, y lo he visto yo, y se quieren mucho, y hace más de un año que se tienen dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus filosofías. ¿Lo entiendes?
D. Manuel.—Pero es una cosa tan agena de verisimilitud...
D. Gregorio.—¡Dale!... Vamos, aunque lo vea por sus ojos no se lo harán creer... ¡Cómo me repudre la sangre!... Amigo, dígote que los años sirven de muy poco cuando no hay esto, esto. (Señalándose con el dedo en la frente.)
D. Manuel.—Ello es que tú te persuades á que...
D. Gregorio.—Figúrate si me habré persuadido... Pero mira, no gastemos prosa... ven y lo verás, y en viéndolo, espero y confío que te persuadirás también. Vamos.
(Se encamina á casa de don Enrique, y después vuelve.)
D. Manuel.—¡Haber cometido tal exceso, cuando siempre la he tratado con la mayor benignidad, cuando la he prometido mil veces no violentar, no contradecir sus inclinaciones!
D. Gregorio.—Ya temía yo que no había de ser creído, y que perderíamos el tiempo en altercaciones inútiles. Por eso, y porque me pareció conveniente restaurar el honor de esa mujer, siquiera por lo que me interesa su pobrecita hermana, he dispuesto que el comisario del cuartel vaya allá, y vea de arreglarlo, de manera que evitando escándalos, se concluya, si se puede, con un matrimonio.