D. Manuel.—¿Eso hay?

D. Gregorio.—¡Toma! Ya están allá el comisario y un escribano que venía con él... Digo, á no ser que usted halle en sus libros algún texto oportuno para volver á recibir en su casa á la inocente criatura, disimularla este pequeño desliz, y casarse con ella... ¿Eh?

D. Manuel.—¿Yo? No lo creas. No cabe en mí tanta debilidad, ni soy capaz de aspirar á poseer un corazón que ya tiene otro dueño. Pero á pesar de cuanto dices, todavía no me puedo reducir á...

D. Gregorio.—¡Qué terco es!... Ven conmigo, y acabemos esta disputa impertinente.

(Se encamina con su hermano hacia casa de don Enrique, y al llegar cerca salen de ella el comisario y el criado. El teatro se ilumina como en la escena tercera.)

ESCENA V.

EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO, DON MANUEL.

Comisario.—Aquí, señores, no hay necesidad de ninguna violencia. Los dos se quieren, son libres, de igual calidad... No hay otra cosa que hacer sino depositar inmediatamente á la señorita en una casa honesta, y desposarlos mañana... Las leyes protegen este matrimonio y le autorizan.

D. Gregorio.—¿Qué te parece?

D. Manuel (reprimiéndose).—¿Qué me ha de parecer?... Que se casen.