D. Gregorio.—Pues, señor, que se casen.

Comisario.—Diré á usted, señor don Manuel. Yo he propuesto á la novia que tuviese á bien de honrar mi casa, en donde asistida de mi mujer y de mis hijas, estaría, si no con las comodidades que merece, á lo menos con la que pueden proporcionarla mis cortas facultades; pero no ha querido admitir este obsequio, y dice que si usted permite que vaya á la suya, la prefiere á otra cualquiera. Es cierto que esta elección es la mejor; pero he querido avisarle á usted para saber si gusta de ello, ó tiene alguna dificultad.

D. Manuel.—Ninguna... Que venga. Yo me encargo del depósito.

Comisario.—Volveré con ella muy pronto.

(Se entra con el criado en casa de don Enrique. El teatro queda oscuro otra vez.)

D. Gregorio.—No me queda otra cosa que ver... Pero ¿cuál es más admirable, el descaro de la pindonga, ó la frescura de este insensato que se presta á tenerla en su casa después de lo que ha hecho, que la toma en depósito de manos de su amante para entregársela después tal y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar cabeza más destornillada que la suya... No puede ser.

D. Manuel.—No lo entiendes, Gregorio... Mira, tú has hecho intervenir en esto á un comisario para evitar los daños que pudieran sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo por la misma razón; para que su crédito no padezca; para que no se trasluzca lo que ha sucedido entre la vecindad, que todo lo atisba y lo murmura; para que mañana se casen, como si fuera yo mismo el que lo hubiese dispuesto; para manifestar á Leonor que nunca he querido hacerme un tirano de su libertad ni de sus afectos; para confundirla con mi modo de proceder comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es posible que haya sido capaz de tal ingratitud?

D. Gregorio.—Calla, que... (Salen por una calle doña Leonor, Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo pasado ya por delante de la puerta de don Enrique, al volverse don Gregorio las ve. Doña Leonor al ver gente se detiene un poco. Se ilumina el teatro.) Sí... Ahí la tienes. Pídela perdón.

D. Manuel.—¡Yo! ¡Qué mal me conoces!

ESCENA VI.