DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.
D. Manuel.—Leonor, no temas ningún exceso de cólera en mí, bien sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy grande el sentimiento que me ha causado ver que te hayas atrevido á una acción tan poco decorosa, sabiendo tú que nunca he pensado sujetar tu albedrío, que no tienes amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba recibir de ti tan injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo sabré tolerar en silencio el agravio que acabas de hacerme; y atento sólo á que tu estimación no pierda en la lengua ponzoñosa del vulgo, te daré en mi casa el auxilio que necesitas, y te entregaré yo mismo el esposo que has querido elegir.
D.ª Leonor.—Yo no entiendo, señor don Manuel, á qué se dirige ese discurso... ¿Qué acción indecorosa? ¿qué agravio? ¿qué esposo es ese de quien usted me habla?... Yo soy la misma que siempre he sido. Mi respeto á su persona de usted, mi agradecimiento, y para decirlo de una vez, mi amor, son inalterables... Mucho me ofende el que presuma que he podido yo hacer ni pensar cosa ninguna impropia de una mujer honesta, que estima en más que la vida su honor y su opinión.
D. Manuel (volviéndose á don Gregorio).—¿Oyes lo que dice?
D. Gregorio (acercándose á doña Leonor).—Ya se ve que lo oigo... Conque Leonorcita... Ahorremos palabras... ¿De dónde vienes, hija?
D.ª Leonor.—De casa de doña Beatriz.
D. Gregorio.—¿Ahora vienes de allí, cordera?
D.ª Leonor.—Ahora mismo... ¿No ve usted á Pepe, que nos ha venido á acompañar?
D. Gregorio.—¿Y no sales de casa de don Enrique?
D.ª Leonor.—¿De quién? ¿De ese que vive aquí en?... ¡Eh! no por cierto.