(Corriendo hacia doña Leonor la coge de las manos, y se las besa.)

D. Gregorio.—¡Huf!...

(Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de confusión.)

D.ª Rosa.—Yo espero de tu buen corazón que has de perdonarme el atrevimiento con que me valí de tu nombre para conseguir el fin de mis engaños. El ejemplo de tu mucha virtud hubiera debido contenerme; pero, hermana mía, bien sabes qué diferente suerte hemos tenido las dos.

D.ª Leonor.—Todo lo conozco, Rosita... La elección que has hecho no me parece desacertada; repruebo solamente los medios de que te has valido... Mucha disculpa tienes, pero toda la necesitas.

D.ª Rosa.—Cuanto digas es cierto, pero... (Volviéndose á don Gregorio, que permanece absorto y sin movimiento.) usted ha sido la causa de tanto error, usted... No me atrevería á presentarme ahora á sus ojos, si no estuviese bien segura de que en todo lo que acabo de hacer, aunque le disguste, le sirvo... La aversión que usted logró inspirarme distaba mucho de aquella suave amistad que une las almas para hacerlas felices... Tal vez usted me acusará de liviandad; pero puede ser que mañana hubiera usted sido verdaderamente infeliz, si yo fuese menos honesta.

D. Enrique.—Dice bien, y usted debe agradecerla el honor que conserva y la tranquilidad de que puede gozar en adelante.

D. Manuel (acercándose á don Gregorio).—Esto pide resignación, hermano... Tú has tenido la culpa, es necesario que te conformes.

D.ª Leonor.—Y hará muy mal en no conformarse; porque ni hay otro remedio á lo sucedido, ni hallará ninguno que le tenga lástima.

Juliana.—Y conocerá que á las mujeres no se las encadena, ni se las enjaula, ni se las enamora á fuerza de tratarlas mal. ¡Hombre más tonto!