Cosme (hablando con Juliana).—Y en verdad que se ha escapado como en una tabla. Bien puede estar contento.
D. Gregorio (No dirige á nadie sus palabras, habla como si estuviera solo, y va aumentándose sucesivamente la energía de su expresión).—No, yo no acabo de salir de la admiración en que estoy... Una astucia tan infernal confunde mi entendimiento; ni es posible que Satanás en persona sea capaz de mayor perfidia que la de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por ella las manos en el fuego, y... ¡Ah, desdichado del que á vista de lo que á mí me sucede se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de malicias y picardías. Sexo engañador, destinado á ser el tormento y la desesperación de los hombres... Para siempre le detesto y le maldigo, y le doy al demonio, si quiere llevársele.
(Sacando la llave de su puerta, se encamina furioso hacia ella. Don Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra en su casa, y cierra por dentro.)
D. Manuel.—No dice bien... Las mujeres, dirigidas por otros principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y mañana sin falta se celebrará la boda.
D.ª Rosa.—¿La mía no más?
D. Manuel.—Si tu hermana me perdona una breve sospecha, con tanta dificultad creída, no sería don Enrique el solo dichoso; yo también pudiera serlo.
D.ª Leonor.—Hoy es día de perdonar.
D.ª Rosa.—Sí, bien merece tu perdón y tu mano el que supo darte una educación tan contraria á la que yo recibí.
D.ª Leonor.—Con su prudencia y su bondad se hizo dueño de mi corazón, y bien sabe que mientras yo viva es prenda suya.
D. Manuel.—¡Querida Leonor!