Bartolo.—¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.

Martina.—No quiero.

Bartolo.—Vamos, hijita.

Martina.—No quiero, no.

Bartolo.—Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar á mi esposa... Vaya, ven, dame un abrazo.

(Tira el palo á un lado, y la abraza.)

Martina.—¡Si reventaras!

Bartolo.—Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos más ó menos no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces, haré una carguilla, y mañana con la burra la llevaremos á Miraflores. (Hace que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago: si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha con sus piedras azules.

(Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante. Martina se queda retirada á un lado hablando entre sí.)

Martina.—Anda, que tú me las pagarás... Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él sintiera más, aunque á mí no me agradase tanto.