ESCENA II.

MARTINA, GINÉS, LUCAS.

(Salen por la izquierda.)

Lucas.—Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión... Y no sé yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo.

Ginés.—¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer á nuestro amo; además, que la salud de su hija á todos nos interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo se lo merece.

Lucas.—Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido á visitarla no hayan descubierto su enfermedad.

Ginés.—Su enfermedad bien á la vista está; el remedio es el que necesitamos.

Martina (aparte).—¡Que no pueda yo imaginar alguna invención para vengarme!

Lucas.—Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como no hayamos equivocado la senda...

Martina.—(Aparte, hasta que repara en los dos y les hace la cortesía. Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) Pero, señores, perdonen ustedes, que no los había visto, porque estaba distraída.