Pipí.—¡Toma! Poquito le quiere el segundo barba; y si en él consistiera, ya se hubieran echado las cuatro ó cinco comedias que tiene escritas; pero no han querido los otros; y ya se ve, como ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha gustado, ó así, andar ¡qué diantres! Y luégo, como ellos saben lo que es bueno; y en fin, mire usted si ellos... ¿No es verdad?
D. Antonio.—Pues ya.
Pipí.—Pero deje usted, que aunque es la primera que le representan, me parece á mí que ha de dar golpe.
D. Antonio.—¿Conque es la primera?
Pipí.—La primera. ¡Si es mozo todavía! Yo me acuerdo... Habrá cuatro ó cinco años que estaba de escribiente ahí, en esa lotería de la esquina, y le iba muy ricamente; pero como después se hizo paje, y el amo se le murió á lo mejor, y él se había casado de secreto con la doncella, y tenían ya dos criaturas, y después le han nacido otras dos ó tres; viéndose él así, sin oficio ni beneficio, ni pariente ni habiente, ha cogido y se ha hecho poeta.
D. Antonio.—Y ha hecho muy bien.
Pipí.—¡Pues ya se ve! lo que él dice: si me sopla la musa, puedo ganar un pedazo de pan para mantener aquellos angelitos, y así ir trampeando hasta que Dios quiera abrir camino.
ESCENA II.
DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. Pedro.—Café.