Bartolo.—¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro! está claro.
D. Jerónimo.—¿Qué indica?
Bartolo.—Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de hablar.
D. Jerónimo.—¿Secuestrada?
Bartolo.—Sí por cierto; pero buen ánimo, ya lo he dicho, curará.
D. Jerónimo.—Pero ¿de qué ha podido proceder este accidente?
Bartolo.—Este accidente ha podido proceder y procede (según la más recibida opinión de los autores) de habérsela interrumpido á mi señora doña Paulita el uso expedito de la lengua.
D. Jerónimo.—¡Este hombre es un prodigio!
Lucas.—¿No se lo dijimos á usted?
Andrea.—Pues á mi me parece un macho.