Bartolo.—Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es esa? Yo no entiendo palabra.

D. Jerónimo.—Pues ese es su mal. Ha venido á quedarse muda, sin que se pueda saber la causa. Vea usted qué desconsuelo para mí.

Bartolo.—¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.

D. Jerónimo.—Á pesar de eso, yo le suplico á usted que aplique todo su esmero á fin de aliviarla y quitarla ese impedimento.

Bartolo.—Se la aliviará, se la quitará: pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien?

D. Jerónimo.—Sí, señor, con bastante apetito.

Bartolo.—¡Malo!... ¿Duerme?

Andrea.—Sí, señor, unas ocho ó nueve horas suele dormir regularmente.

Bartolo.—¡Malo!... ¿Y la cabeza la duele?

D. Jerónimo.—Ya se lo hemos preguntado varias veces; dice que no.