(Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta en una poltrona entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en pié.)
Bartolo.—¿Conque esta es su hija de usted?
D. Jerónimo.—No tengo otra, y si se me llegara á morir me volvería loco.
Bartolo.—Ya se guardará muy bien. Pues qué, ¿no hay más que morirse sin licencia del médico? No, señor; no se morirá... Vean ustedes aquí una enferma, que tiene un semblante capaz de hacer perder la chabeta al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le aseguro á usted... ¡Bonita cara tiene!
D.ª Paula.—¡Ah! ¡ah! ¡ah!
D. Jerónimo.—Vaya, gracias á Dios que se ríe la pobrecita.
Bartolo.—¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran señal! Cuando el médico hace reir á las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué la duele á usted?
D.ª Paula.—Ba, ba, ba, ba.
Bartolo.—¿Eh? ¿Qué dice usted?
D.ª Paula.—Ba, ba, ba.