Bartolo.—Pues, como digo, supeditando dichos vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden que el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos. Doceo doces, docere, docui, doctum, ars longa, vita brevis: templum, templi: augusta vindelicorum, et reliqua... ¿Qué tal? ¿He dicho algo?
D. Jerónimo.—Cuanto hay que decir.
Ginés.—Es mucho hombre este.
D. Jerónimo.—Sólo he notado una equivocación en lo que...
Bartolo.—¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me equivoco.
D. Jerónimo.—Creo que dijo usted que el corazón está al lado derecho, y el hígado al izquierdo; y en verdad que es todo lo contrario.
Bartolo.—¡Hombre ignorantísimo, sobre toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas vejeces? Sí, señor, antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos arreglado de otra manera.
D. Jerónimo.—Perdone usted, si en esto he podido ofenderle.
Bartolo.—Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y por consiguiente está dispensado de tener sentido común.
D. Jerónimo.—¿Y qué le parece á usted que deberemos hacer con la enferma?