Bartolo.—Primeramente harán ustedes que se acueste, luégo se la darán unas buenas friegas... bien que eso yo mismo lo haré... y después tomará de media en media hora una gran sopa en vino.
Andrea.—¡Qué disparate!
D. Jerónimo.—¿Y para qué es buena la sopa en vino?
Bartolo.—¡Ay, amigo, y qué falta le hace á usted un poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar. Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía mater, y hace hablar á los mudos.
D. Jerónimo.—Pues no lo sabía.
Bartolo.—Si usted no sabe nada.
D. Jerónimo.—Es verdad que no he estudiado, ni...
Bartolo.—¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no ha visto usted cómo á los loros los atracan de pan mojado en vino?
D. Jerónimo.—Sí, señor.
Bartolo.—¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo daremos también á doña Paulita, y dentro de muy poco hablará más que siete papagayos.