D. Jerónimo.—Algún ángel le ha traído á usted á mi casa, señor doctor... Vamos, hijita, que ya querrás descansar... Al instante vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de usted?
Bartolo.—Don Bartolo.
D. Jerónimo.—Pues así que la deje acostada seré con usted, señor don Bartolo... (Se levantan los tres.) Ayuda aquí, Andrea... Despacito.
Bartolo.—Taparla bien, no se resfríe. Adios, señorita.
D.ª Paula.—Ba, ba, ba, ba.
D. Jerónimo (hace que se va acompañando á doña Paula, y vuelve á hablar aparte con Lucas).—Lucas, vé al instante y adereza el cuarto del señor, bien limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la jarra con agua, la aljofaina, la tohalla, en fin, que no falte cosa ninguna... ¿Estás?
Lucas (marchando por la puerta de la derecha).—Sí, señor.
D. Jerónimo.—Vamos, hija mía.
(Vanse don Jerónimo, doña Paula, Andrea y Ginés por la puerta de la izquierda.)
Bartolo.—Yo sudo... En mi vida me he visto más apurado... ¡Si es imposible que esto pare en bien, imposible! Veré si ahora que todos andan por allá dentro puedo... Y si no, mal estamos... En las espaldas siento una desazón que no me deja... Y no es por los palos recibidos, sino por los que aún me falta que recibir.