D. Antonio.—Hombre arrebatado, ¿eh?

D. Eleuterio.—Sí, señor.

D. Antonio.—Lascivo como un mico, feote de cara; ¿es verdad?

D. Eleuterio.—Cierto.

D. Antonio.—Alto, moreno, un poco bizco, grandes bigotes.

D. Eleuterio.—Sí, señor, sí. Lo mismo me le he figurado yo.

D. Antonio.—¡Enorme animal! Pues no, la dama no se muerde la lengua. ¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro.

D. Pedro.—No, por Dios; no lo lea usted.

D. Eleuterio.—Es que es uno de los pedazos más terribles de la comedia.

D. Pedro.—Con todo eso.