D. Eleuterio.—¿Qué tal? ¿No le parece á usted bien?
(Hablando á don Pedro.)
D. Pedro.—¡Eh! á mí, qué...
D. Eleuterio.—Me alegro que le guste á usted. Pero no; donde hay un paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele usted... ahí... por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre.
D. Antonio.—¿Muerta?
D. Eleuterio.—Sí, señor, muerta.
D. Antonio.—¡Qué situación tan cómica! Y estas exclamaciones que hace aquí, ¿contra quién son?
D. Eleuterio.—Contra el visir, que la tuvo seis días sin comer, porque ella no quería ser su concubina.
D. Antonio.—¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería un bruto.
D. Eleuterio.—Sí, señor.