D. Hermógenes.—Que reunan el ingenio á la erudición, la aplicación al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado á reunirlos. ¿Eh?

D. Eleuterio.—Vaya, de eso no hay que hablar: es más claro que el sol que nos alumbra.

D. Hermógenes.—Pues bien. Á pesar de eso, hay quien me llama pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos, me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta ó cincuenta personas.

D. Eleuterio.—¡Picardía! Y usted ¿qué hizo?

D. Hermógenes.—Lo que debe hacer un gran filósofo: callé, tomé un polvo, y me fuí á oir una misa á la Soledad.

D. Eleuterio.—Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba?

D. Hermógenes.—Esto lo digo para que usted se anime, y le aseguro que los aplausos que... Pero, dígame usted: ¿ni siquiera una onza de oro le han querido adelantar á usted á cuenta de los quince doblones de la comedia?

D. Eleuterio.—Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las dificultades que ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos quedado en que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta ó no.

D. Hermógenes.—¡Oh, corvas almas! ¡Y precisamente en la ocasión más crítica para mí! Bien dice Tito Livio, que cuando...

D. Eleuterio.—Pues ¿qué hay de nuevo?