ESCENA PRIMERA.

DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.

(Salen por la puerta del foro.)

D. Serapio.—El trueque de los puñales, créame usted, es de lo mejor que se ha visto.

D. Eleuterio.—¿Y el sueño del emperador?

D.ª Agustina.—¿Y la oración que hace el visir á sus ídolos?

D.ª Mariquita.—Pero á mí me parece que no es regular que el emperador se durmiera, precisamente en la ocasión más...

D. Hermógenes.—Señora, el sueño es natural en el hombre, y no hay dificultad en que un emperador se duerma, porque los vapores húmedos que suben al cerebro...

D.ª Agustina.—Pero ¿usted hace caso de ella? ¡Qué tontería! Si no sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué hora tenemos?

D. Serapio.—Serán... Deje usted. Podrán ser ahora...