D.ª Mariquita.—Pues; siempre me está usted diciendo eso. (Sale Pipí por la puerta del foro con platos, botellas, etc. Lo deja todo sobre el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte.) Vaya, que algunas veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted qué ganas tengo de ver estas cosas concluídas, y poderme ir á comer un pedazo de pan con quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales sinrazones.
D. Hermógenes.—No el pedazo de pan, sino ese hermoso pedazo de cielo, me tiene á mí impaciente hasta que se verifique el suspirado consorcio.
D.ª Mariquita.—¡Suspirado, sí, suspirado! ¡Quién le creyera á usted!
D. Hermógenes.—Pues ¿quién ama tan de veras como yo? ¿Cuándo ni Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos egipcios, ni todos los Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor comparable al mío?
D.ª Agustina.—¡Discreta hipérbole! Viva, viva. Respóndele, bruto.
D.ª Mariquita.—¿Qué he de responder, señora, si no le he entendido una palabra?
D.ª Agustina.—¡Me desespera!
D.ª Mariquita.—Pues digo bien. ¿Qué sé yo quién son esas gentes de quien está hablando? Mire usted, para decirme: Mariquita, yo estoy deseando que nos casemos; así que su hermano de usted coja esos cuartos, verá usted cómo todo se dispone; porque la quiero á usted mucho, y es usted muy guapa muchacha, y tiene usted unos ojos muy peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así. Las cosas que dicen los hombres.
D.ª Agustina.—Sí, los hombres ignorantes, que no tienen crianza ni talento, ni saben latín.
D.ª Mariquita.—¡Pues, latín! Maldito sea su latín. Cuando le pregunto cualquiera friolera, casi siempre me responde en latín; y para decir que se quiere casar conmigo, me cita tantos autores... Mire usted qué entenderán los autores de eso, ni qué les importará á ellos que nosotros nos casemos ó no.