D. Serapio.—No llegó el caso, porque yo no tenía en el bolsillo más que dos reales y unos cuartos... Pero ¡cómo los hice rabiar! y que...
D. Eleuterio.—Soy con ustedes; voy aquí á la librería, y vuelvo.
D.ª Agustina.—¿Á qué?
D. Eleuterio.—¿No te lo he dicho? Si encargué que me trajesen ahí la razón de lo que va vendido, para que...
D.ª Agustina.—Sí, es verdad. Vuelve presto.
D. Eleuterio.—Al instante. (Vase.)
D.ª Mariquita.—¡Qué inquietud! ¡Qué ir y venir! No pára este hombre.
D.ª Agustina.—Todo se necesita, hija; y si no fuera por su buena diligencia, y lo que él ha minado y revuelto, se hubiera quedado con su comedia escrita y su trabajo perdido.
D.ª Mariquita.—¿Y quién sabe lo que sucederá todavía, hermana? Lo cierto es que yo estoy en brasas; porque, vaya, si la silban, yo no sé lo que será de mí.
D.ª Agustina.—Pero, ¿por qué la han de silbar, ignorante? ¡Qué tonta eres, y qué falta de comprensión!