D. Hermógenes.—Bien está, sea lo que usted quiera, ídolo mío; pero si hasta ahora se ha padecido alguna estrechez (angustam pauperiem, que dijo el profano), de hoy en adelante será otra cosa.

D.ª Mariquita.—¿Y qué dice el profano? ¿que no silbarán esta tarde la comedia?

D. Hermógenes.—No, señora, la aplaudirán.

D. Serapio.—Durará un mes, y los cómicos se cansarán de representarla.

D.ª Mariquita.—No, pues no decían eso ayer los que encontramos en la botillería. ¿Se acuerda usted, hermana? Y aquel más alto, á fe que no se mordía la lengua.

D. Serapio.—¿Alto? uno alto, ¿eh? Ya le conozco. (Se levanta.) ¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa, que tiene un chirlo en las narices. ¡Bribón! Ese es un oficial de guarnicionero, muy apasionado de la otra compañía. ¡Alborotador! que él fué el que tuvo la culpa de que silbaran la comedia de El Monstruo más espantable del ponto de Calidonia, que la hizo un sastre pariente de un vecino mío; pero yo le aseguro al...

D.ª Mariquita.—¿Qué tonterías está usted ahí diciendo? Si no es ese de quien yo hablo.

D. Serapio.—Sí, uno alto, mala traza, con una señal que le coge...

D.ª Mariquita.—Si no es ese.

D. Serapio.—¡Mayor gatallón! Y ¡qué mala vida dió á su mujer! ¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un perro.