D.ª Mariquita.—Pero si no es ese, dale. ¿Á qué viene cansarse? Este era un caballero muy decente; que no tiene ni capa ni chirlo, ni se parece en nada al que usted nos pinta.

D. Serapio.—Ya; pero voy al decir. ¡Unas ganas tengo de pillar al tal guarnicionero! No irá esta tarde al patio, que si fuera... ¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le dijimos allí en la plazuela de San Juan! Empeñado en que la otra compañía es la mejor, y que no hay quien la tosa. ¿Y saben ustedes (vuelve á sentarse) por qué es todo ello? Porque los domingos por la noche se van él y otros de su pelo á casa de la Ramírez, y allí se están retozando en el recibimiento con la criada; después les saca un poco de queso, ó unos pimientos en vinagre, ó así; y luégo se van á palmotear como desesperados á las barandillas y al degolladero. Pero no hay remedio: ya estamos prevenidos los apasionados de acá; y á la primera comedia que echen en el otro corral, zas, sin remisión, á silbidos se ha de hundir la casa. Á ver...

D.ª Mariquita.—¿Y si ellos nos ganasen por la mano, y hacen con la de hoy otro tanto?

D.ª Agustina.—Sí, te parecerá que tu hermano es lerdo, y que ha trabajado poco estos días para que no le suceda un chasco. Él se ha hecho ya amigo de los principales apasionados del otro corral; ha estado con ellos; les ha recomendado la comedia y les ha prometido que la primera que componga será para su compañía. Además de eso, la dama de allá le quiere mucho; él va todos los días á su casa á ver si se la ofrece algo, y cualquiera cosa que allí ocurre nadie la hace sino mi marido. Don Eleuterio, tráigame usted un par de libras de manteca. Don Eleuterio, eche usted un poco de alpiste á ese canario. Don Eleuterio, dé usted una vuelta por la cocina, y vea usted si empieza á espumar aquel puchero. Y él, ya se ve, lo hace todo con una prontitud y un agrado, que no hay más que pedir; porque en fin, el que necesita es preciso que... Y por otra parte, como él, bendito sea Dios, tiene tal gracia para cualquier cosa, y es tan servicial con todo el mundo... ¡Qué silbar!... No, hija, no hay que temer; á buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben.

D. Hermógenes.—Y sobre todo, el sobresaliente mérito del drama bastaría á imponer taciturnidad y admiración á la turba más gárrula, más desenfrenada é insipiente.

D.ª Agustina.—Pues ya se ve. Figúrese usted una comedia heróica como esta, con más de nueve lances que tiene. Un desafío á caballo por el patio, tres batallas, dos tempestades, un entierro, una función de máscara, un incendio de ciudad, un puente roto, dos ejercicios de fuego y un ajusticiado: figúrese usted si esto ha de gustar precisamente.

D. Serapio.—¡Toma si gustará!

D. Hermógenes.—Aturdirá.

D. Serapio.—Se despoblará Madrid por ir á verla.

D.ª Mariquita.—Y á mí me parece que unas comedias así debían representarse en la plaza de los toros.