D. Eleuterio.—¿Aquel caballero de tan mal humor?

D. Antonio.—El mismo. Que quieras que no, le he acomodado (Sale Pipí por la puerta del foro con un canastillo de manteles, cubiertos, etc., y le pone sobre el mostrador.) en el palco de unos amigos. Yo creí tener luneta segura; ¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni tertulias, ni cubillos; no hay asiento en ninguna parte.

D.ª Agustina.—Si lo dije.

D. Antonio.—Es mucha la gente que hay.

D. Eleuterio.—Pues no, no es cosa de que usted se quede sin verla. Yo tengo palco. Véngase usted con nosotros, y todos nos acomodaremos.

D.ª Agustina.—Sí, puede usted venir con toda satisfacción, caballero.

D. Antonio.—Señora, doy á usted mil gracias por su atención; pero ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se empezaba la primer tonadilla; conque...

D. Serapio.—¿La tonadilla?

(Se levantan todos.)

D.ª Mariquita.—¿Qué dice usted?