D.ª Mariquita.—Pues, en poniéndose á hablar probará que lo blanco es verde, y que dos y dos son veinticinco. Yo no entiendo tal modo de sacar cuentas... Pero al cabo y al fin, las tres comedias que se han vendido hasta ahora, ¿serán más que tres?

D. Eleuterio.—Es verdad; y en suma, todo el importe no pasará de seis reales.

D.ª Mariquita.—Pues, seis reales: cuando esperábamos montes de oro con la tal impresión. Ya voy yo viendo que si mi boda no se ha de hacer hasta que todos esos papelotes se despachen, me llevarán con palma á la sepultura. (Llorando.) ¡Pobrecita de mí!

D. Hermógenes.—No así, hermosa Mariquita, desperdicie usted el tesoro de perlas que una y otra luz derrama.

D.ª Mariquita.—¿Perlas? Si yo supiera llorar perlas, no tendría mi hermano necesidad de escribir disparates.

ESCENA III.

DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA.

D. Antonio.—Á la orden de ustedes, señores.

D. Eleuterio.—Pues ¿cómo tan presto? ¿No dijo usted que iría á ver la comedia?

D. Antonio.—En efecto, he ido. Allí queda don Pedro.