D. Eleuterio.—Digan lo que quieran. Lo que yo digo es que usted me ha engañado como un chino. Si yo me aconsejaba con usted; si usted ha visto la obra lance por lance y verso por verso; si usted me ha exhortado á concluir las otras que tengo manuscritas; si usted me ha llenado de elogios y de esperanzas; si me ha hecho usted creer que yo era un grande hombre, ¿cómo me dice usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido usted corazón para exponerme á los silbidos, al palmoteo y á la zumba de esta tarde?
D. Hermógenes.—Usted es pacato y pusilánime en demasía... ¿Por qué no le anima á usted el ejemplo? ¿No ve usted esos autores que componen para el teatro, con cuánta imperturbabilidad toleran los vaivenes de la fortuna? Escriben, los silban, y vuelven á escribir; vuelven á silbarlos, y vuelven á escribir... ¡Oh, almas grandes, para quienes los chillidos son arrullos y las maldiciones alabanzas!
D.ª Mariquita.—¿Y qué quiere usted (Levántase) decir con eso? Ya no tengo paciencia para callar más. ¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi pobre hermano vuelva otra vez?...
D. Hermógenes.—Lo que quiero decir es que estoy de prisa y me voy.
D.ª Agustina.—Vaya usted con Dios, y haga usted cuenta que no nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (Se levanta muy enojada encaminándose hacia don Hermógenes, que se va retirando de ella) no me tiro á él... Váyase usted.
D. Hermógenes.—¡Gente ignorante!
D.ª Agustina.—Váyase usted.
D. Eleuterio.—¡Picarón!
D. Hermógenes.—¡Canalla infeliz!