Simón.—¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh?

D. Diego.—Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí... Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia, recogimiento, virtud.

Simón.—Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene, ¿para quién ha de ser?

D. Diego.—Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?... Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor, regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como demonios... No, señor, vida nueva. Tendré quien me asista con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que hablen y murmuren y...

Simón.—Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?

D. Diego.—No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la boda es desigual, que no hay proporción en la edad, que...

Simón.—Vamos que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú ocho años, á lo más.

D. Diego.—¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha cumplido diez y seis años pocos meses há.

Simón.—Y bien, ¿qué?

D. Diego.—Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.