Simón.—Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo de talento, instruído, excelente soldado, amabilísimo por todas sus circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.

D. Diego.—Pues no, señor.

Simón.—Pues bien está.

D. Diego.—¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir á casar!... No, señor, que estudie sus matemáticas.

Simón.—Ya las estudia; ó por mejor decir, ya las enseña.

D. Diego.—Que se haga hombre de valor y...

Simón.—¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor á un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted más de cuatro veces llorar de alegría, cuando el rey le premió con el grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.

D. Diego.—Sí, señor, todo es verdad; pero no viene á cuento. Yo soy el que me caso.

Simón.—Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no la asusta la diferencia de la edad, si su elección es libre...

D. Diego.—¿Pues no ha de serlo?... ¿Y qué sacarían con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio; esta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de excelentes prendas; mira tú si doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada que la ha servido en Madrid, y más de cuatro años en el convento, se hace lenguas de ella; y sobre todo me ha informado de que jamás observó en esta criatura la más remota inclinación á ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser, leer libros devotos, oir misa, y correr por la huerta detrás de las mariposas, y echar agua en los agujeros de las hormigas, estas han sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué dices?