D.ª Francisca.—¡Cómo me quieren todas! ¡y mi tía, mi pobre tía lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.

D.ª Irene.—Ha sentido mucho no conocer á usted.

D.ª Francisca.—Sí, es verdad. Decía, ¿por qué no ha venido aquel señor?

D.ª Irene.—El padre capellán y el rector de los Verdes nos han venido acompañando hasta la puerta.

D.ª Francisca.—Toma (Vuelve á atar el pañuelo y se le da á Rita, la cual se va con él y con las mantillas al cuarto de doña Irene), guárdamelo todo allí, en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto la santa Gertrudis de alcorza!

Rita.—No importa; yo me la comeré.

ESCENA III.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.

D.ª Francisca.—¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos quedamos aquí?

D.ª Irene.—Ahora, niña, que quiero descansar un rato.