D. Diego.—Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.

D.ª Irene.—¡Y qué fresco tienen aquel locutorio! Está hecho un cielo... (Siéntase doña Francisca junto á doña Irene). Mi hermana es la que sigue siempre bastante delicadita. Ha padecido mucho este invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse con su sobrina la buena señora. Está muy contenta de nuestra elección.

D. Diego.—Yo celebro que sea tan á gusto de aquellas personas á quienes debe usted particulares obligaciones.

D.ª Irene.—Sí, Trinidad está muy contenta; y en cuanto á Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse de ella; pero ha conocido que siendo para su bienestar, es necesario pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo expresiva que estuvo, y...

D. Diego.—Es verdad. Sólo falta que la parte interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien.

D.ª Irene.—Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que determine su madre.

D. Diego.—Todo eso es cierto, pero...

D.ª Irene.—Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder con el honor que la corresponde.

D. Diego.—Sí, ya estoy; ¿pero no pudiera sin faltar á su honor ni á su sangre?...

D.ª Francisca.—¿Me voy, mamá? (Se levanta y vuelve á sentarse.)