D.ª Irene.—No pudiera, no, señor. Una niña bien educada, hija de buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como es conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted la ve, de su abuela que Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En casa tengo el cuadro, que le habrá usted visto. Y le hicieron, según me contaba su merced, para enviárselo á su tío carnal el padre fray Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán.
D. Diego.—Ya.
D.ª Irene.—Y murió en el mar el buen religioso, que fué un quebranto para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su muerte; particularmente mi primo don Cucufate, regidor perpetuo de Zamora, no puede oir hablar de su ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.
D.ª Francisca.—Válgate Dios, qué moscas tan...
D.ª Irene.—Pues murió en olor de santidad.
D. Diego.—Eso bueno es.
D.ª Irene.—Sí, señor; pero como la familia ha venido tan á menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que por lo que puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el día de mañana no se imprima con el favor de Dios?
D. Diego.—Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
D.ª Irene.—Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi hermano político el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la mano; y á la hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en folio, que comprenden los nueve años primeros de la vida del santo obispo.
D. Diego.—¿Conque para cada año un tomo?