D. Die.
¿Pues qué desgracia era aquella de que me hablaste?
D. Car.
Ninguna. La de hallarle á usted en este parage... y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle visto.
D. Die.
¿No hay mas?
D. Car.
No señor.
D. Die.
Míralo bien.