D. Car.
Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor: pasar á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso no... Solo su consentimiento y su bendicion para verificar un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra felicidad.
D. Die.
Pues ya ves, Cárlos, que es tiempo de pensar muy de otra manera.
D. Car.
Sí, señor.
D. Die.
Si tú la quieres, yo la quiero tambien. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren las promesas que á tí te hizo... ella misma, no ha media hora, me ha dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...
D. Car.
Pero no el corazon. (Levántase.)