D. Die.

Prosigue.

D. Car.

Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda pobre, pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía: y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las mas ingeniosas para que ninguno de su familia extrañára mi detencion. Como su casa de campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venia de noche... Logré que Doña Paquita leyese algunas cartas mias, y con las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una pasion, que mientras viva me hará infeliz.

D. Die.

Vaya... Vamos, sigue adelante.

D. Car.

Mi asistente (que como usted sabe, es hombre de travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le ocurrian, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, á las cuales respondian con otras tres desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fuí para ella D. Felix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis gefes, y hombre de honor. Nunca la dije mas, ni la hablé de mis parientes, ni de mis esperanzas, ni la dí á entender que casándose conmigo podria aspirar á mejor fortuna: porque ni me convenia nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la hallé mas fina, mas hermosa, mas digna de ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin, era necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal, y me fuí ciego de amor adónde mi obligacion me llamaba... Sus cartas consolaron por algun tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí pocos dias ha, me dijo como su madre trataba de casarla, que primero perderia la vida que dar su mano á otro que á mí: me acordaba mis juramentos, me exortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí precipitado el camino, llegué á Guadalajara; no la encontré, vine aquí... Lo demas bien lo sabe usted, no hay para que decírselo.

D. Die.

¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?