D. Car.
¿Para qué saber mas?
D. Die.
Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!
D. Car.
Bien está.
D. Die.
Siéntate ahí... (Siéntase D. Cárlos) ¿En dónde has conocido á esa niña?... ¿Qué amor es este? ¿Qué circunstancias han ocurrido? ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la viste?
D. Car.
Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que habia de quedarme allí todo aquel dia, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente me dejaria proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé á Doña Paquita, á quien la señora habia sacado aquel dia del convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella, de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba Don Felix de Toledo, nombre que dió Calderon á algunos amantes de sus comedias. Yo sostuve esta ficcion, porque desde luego concebí la idea de permanecer algun tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase á noticia de usted... Observé que Doña Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome preferido á todos los concurrentes de aquel dia, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...