D.ª Ire.
¿Pero no conoce usted, señor, que todo es un chisme, inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?
D. Die.
Volvemos otra vez á lo mismo... No señora, no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.
D.ª Ire.
¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene eso de verdad? ¡Con que la hija de mis entrañas encerrada en un convento... ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas religiosas... ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido todavía del cascaron, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncision... Pues bonita es ella, para haber disimulado á su sobrina el menor desliz.
D. Die.
Aquí no se trata de ningun desliz, señora Doña Irene; se trata de una inclinacion honesta, de la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre Circuncision, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde: usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo razón.
(Saca el papel de D. Cárlos y se le dá. Doña Irene, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca á la puerta de su cuarto y llama. Levántase D. Diego y procura en vano contenerla.)
D.ª Ire.