Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted aquí... (Asiendo de una mano á Doña Francisca, la pone á su lado.) No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino... Deme usted ese papel... (Quitándola el papel de las manos á Doña Irene.) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.
D.ª Fca.
Mientras viva me acordaré.
D. Die.
Pues este es el papel que tiraron á la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho. (Lee.) «Bien mio: si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue á sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé como no espiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fué preciso obedecerle. Yo me llamo D. Cárlos, no D. Felix... Don Diego es mi tio. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz amigo.—Cárlos de Urbina.»
D.ª Ire.
¿Con que hay eso?
D.ª Fca.
¡Triste de mí!
D.ª Ire.