Rita.

Qué malo es... Pero... ¡Válgame Dios! ¡D. Felix aquí! Sí, la quiere, bien se conoce... (Sale Calamocha del cuarto de D. Cárlos, y se va por la puerta del foro.) ¡Oh! por mas que digan, los hay muy finos, y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! Pues no seria una lástima que... Ella es. (Sale Doña Francisca.)

D.ª Fca.

¡Ay, Rita!

Rita.

¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?

D.ª Fca.

¡Pues no he de llorar! Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaria cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento, ni sé fingir, por eso me llaman picarona.

Rita.

Señorita, por Dios, no se aflija usted.